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lunes, 17 junio, 2024

Juan Vargas, refugiado en Girona: «En Colombia recibía amenazas de muerte, aquí puedo volver a vivir»

Hace 14 meses que Juan Vargas abandonó Flandes (Colombia) huyendo de las amenazas de muerte, que hacía demasiado tiempo que le habían usurpado la vida. Una madrugada de abril se resguardó en el coche de un amigo, que lo condujo hasta el aeropuerto de Bogotá. «La situación en el país era insostenible, y es que además del narcotráfico, el desorden público y la inseguridad creciente, cada mes recibía entre una y dos amenazas de muerte«, confiesa.

«Yo no era ningún delincuente, trabajaba en el sector de la hostelería y presidía una fundación que se dedicaba a ayudar a las personas mayores, a las mujeres y a las niñas vulnerables», asegura. «El gobierno local me había nombrado líder social, pero todos los líderes sociales nos habíamos convertido en objetivo de los delincuentes, ellos se dedicaban a expropiar y yo ayudaba a las víctimas, y esto no les gustó», subraya. «No podía denunciar nada por miedo a las represalias, llega un momento en que ya no sabes en quien puedes confiar», asegura. Consciente de que cada vez que salía a la calle estaba «demasiado expuesto», Vargas y su mujer decidieron empaquetar las pocas cosas que tenían y huir a Girona, donde vivían sus dos hijos.

En Girona, celebra, ha empezado «de cero». «En Colombia recibía amenazas de muerte, aquí puedo volver a vivir», afirma. «Me siento seguro, no tengo que ir por la calle dándome la vuelta en cada esquina para comprobar que nadie me sigue», añade. «Era muy angustioso, constantemente me sentía perseguido», lamenta. Cuando llegó, no pudo evitar derramar lágrimas de alegría. «No me lo podía creer, estaba en un lugar donde no corría ningún peligro», celebra.

«Nací para ayudar»

Su vida en Girona, sin embargo, no es fácil. Todavía está tramitando los papeles, no tiene trabajo, ya ha pasado por cuatro pisos de acogida y hace tiempo que ya no le quedan ahorros, pero sigue dedicándose en cuerpo y alma a las personas más vulnerables. «Desde la asociación Asocolgi nos han traído comida para mi mujer y para mí pero la compartimos con otras personas que también lo necesitan», explica. Además, también los redirige a otros recursos, como la Cruz Roja. «Para mí significa mucho poder ayudar a los demás, lo que les puedo dar es poco pero soy feliz compartiendo lo que tengo, porque yo nací para ayudar; si no, ¿para qué vivo?«, defiende. Y es que a pesar de haber aterrizado en Girona sin casi nada en la maleta, asegura que seguirá «trabajando para la comunidad».

Una relación más fuerte

Tener que dejarlo todo para buscar refugio lejos de casa, confiesa, todavía le ha unido más en su pareja. «Es una experiencia traumática y compartirla es un gran consuelo, hace que no tires nunca la toalla, aunque a veces todo te juegue en contra, y que te sientas con más fuerzas que nunca de salir adelante», asegura. 

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