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martes, 25 junio, 2024

Japón y Corea del Sur se dan la mano

La reconciliación de Japón y Corea del Sur agita el mapa asiático y global, recibida con tanto júbilo en Estados Unidos como pesar en China. A la segunda y cuarta economía del continente las separan la interpretación del pasado y las unen Pekín y Pionyang, sus preocupaciones presentes y futuras. El viaje reciente a Seúl del primer ministro japonés, Fumio Kishida, evidenció que miran hacia delante.

La visita del fin de semana fue la primera oficial en doce años de un líder japonés al país vecino. En sus dos días, y con la agenda económica y política apretada, Kishida dejó hueco para los gestos. Visitó el cementerio nacional de Seúl donde reposan los restos de, entre otros, los héroes que liberaron la península del colonialismo japonés (1910-1945). “Personalmente, me duele el corazón al pensar en la gente que padeció terribles sufrimientos y penas en las difíciles circunstancias de aquellos tiempos”, dijo sobre aquellas tres décadas. Esa abstracta nebulosa fue el mínimo exigible: la primera persona evitaba la declaración gubernamental y no distinguió al agresor del agredido. Pero bastó.

En la memoria colectiva surcoreana persisten, entre otros desmanes, los centenares de miles de mujeres prostituidas para solaz de las tropas japonesas o el trabajo forzoso en sus grandes industrias. Las disculpas y compensaciones económicas aprobadas por Tokio en las últimas décadas permiten interpretaciones opuestas. Corea del Sur, al igual que China, piensa que Japón racanea en la admisión de sus atrocidades históricas. Para esta, Corea del Sur utiliza su eterna insatisfacción para arrancar más dinero. Es discutible si las disculpas japonesas han sido o no suficientes; no lo es que han quedado muy por detrás de las alemanas por su oprobioso pasado nazi.

Procesos de Tokio

Los relativistas y negacionistas japoneses no ocupan los arcenes sociales como en Alemania. Están integrados en universidades, medios de comunicación, alcaldía o parlamentos y sus opiniones escandalizan tanto a la mayoría sensata de los japoneses como a los países que padecieron su imperialismo. El anterior primer ministro, Shinzo Abe, antes de que el cargo le aconsejara mesura y discursos de arrepentimiento, había desdeñado los procesos de Tokio (el equivalente a los de Nuremberg contra los nazis) como la «justicia de los vencedores» y frecuentado el templo tokiota donde descansan las almas de varios criminales de guerra.

Fue imposible la sintonía entre Abe y Moon Jae-in. El expresidente surcoreano exigía disculpas japonesas más briosas y adoptó la paz en la península coreana como su objetivo vital en contraste con la beligerancia de Tokio hacia Pionyang. La fractura definitiva llegó en 2018 con la sentencia de un tribunal surcoreano que obligaba a las compañías japonesas a resarcir a las viejas víctimas del trabajo forzoso. Japón alegó que las compensaciones ya habían sido fijadas en los acuerdos de 1965 y de la política se pasó a la economía. Japón limitó las exportaciones de químicos que necesita la industria de semiconductores de Corea del Sur, esta denunció a aquella en la Organización Mundial del Comercio (OMC) y ambas se retiraron el estatus de socios comerciales preferentes.

Aquel fragor ha terminado. El presidente surcoreano, Yoon Seok-yeol, ha aclarado que no se puede pretender que Japón siga «arrodillándose» por lo que hizo el siglo pasado. También ha enfatizado que a ambos les une la democracia frente a otros países de la región.

Las bases de la reconciliación

Tres asuntos explican la reconciliación, sostiene Ramón Pacheco, profesor de Relaciones Internacionales del King College y experto en Asia. “Primero, el cambio de Gobierno en ambos países. En Seúl ganan los conservadores y acaba el mandato de Abe. Sus sucesores están más dispuestos a entenderse y no están tan sujetos a la política doméstica. Es impensable que Abe hubiera dicho lo que dijo Kishida esta semana. Segundo, la invasión de Ucrania porque ven un paralelismo con China y Taiwán. Y tercero, que Biden se ha esforzado en recuperar la cooperación a tres bandas que Trump había desatendido”.

El horizonte se ha aclarado para Washington después de frustrantes años por la incapacidad de sus dos aliados por para solventar sus cuitas históricas. De Japón nunca hubo dudas pero Corea del Sur perseveraba en la equidistancia. La reciente escena de Yoon entonando el ‘American Pie’ de Don McLean en Washington con Biden de testigo la ha enterrado. Y los calificativos de «insignificante» y «lacayo» que le dedicaba a Yoon un editorial del ‘Global Times’, el diario chino más nacionalista, enfatizaba el enojo de Pekín.

La dependencia comercial hacia China mitigó durante años los vínculos de Seúl y Washington. La crisis que generó la instalación de un escudo antimisiles estadounidense en su territorio cambió la percepción. La indignación china fue comprensible porque ese escudo, con la declarada finalidad de fiscalizar lo que ocurría en Corea del Norte, también cubre buena parte de su territorio, así que ordenó una batería de castigos económicos sin precedentes. Y Corea del Sur comprobó que el sol también salió al día siguiente.

«Seúl empezó a perder el miedo a las sanciones chinas. Hay un sentimiento de seguridad en sí misma: es la undécima economía del mundo y cada día tiene más relaciones con el resto de Asia y el mundo. Antes se hablaba de dependencia y ahora de interdependencia porque China también necesita los semiconductores surcoreanos. Veo muy difícil un cambio de tendencia política y de la opinión pública», juzga Pacheco.

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