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viernes, 21 junio, 2024

«Yo que morí en el altar»: el edificio de Charly García se transformó en Monumento Histórico Popular

Abajo, en la puerta de entrada,  se empezó a llenar de grafitis hace dos años, cuando Charly García cumplió los 69. Nadie puede explicar por qué en ese momento y no en otro. Arriba, en la terraza, hay un piano pintado en homenaje al artista que se ve, obvio, con un dron. Además, en el mismo edificio vive Migue, su hijo. Y por si esto fuera poco, el arquitecto que construyó el edificio, hace casi 100 años, fue un tal Alberto Cantilo (¿algo que ver con Fabiana?).

El conjunto es una interrogación estética que deja la famosa Casa Tomada de Cortázar reducida a una anécdota de puertas que se abren y se cierran.

-Hola, buen día, soy periodista –a una señora que sale del edificio.

-Hola.

 -¿Esta bueno ser vecina de Charly?

-A mi me gusta, sí.

-¿Hace mucho ruido?

-¡Nooooo, para nada! Ahora está calmado, es más bueno… ¡Buenísima persona!

Pasan anónimos y famosos. Acá Fito Páez sentado en el umbral del famoso edificio porteño.

Pasan anónimos y famosos. Acá Fito Páez sentado en el umbral del famoso edificio porteño.

-¿A usted le molestan las pintadas de la puerta?

-Cero, para nada. Las propiedades de este edificio van a salir fortunas. Acordate lo que te digo….

¿Cuántas veces por día tocarán el timbre del séptimo? La peregrinación debe ser incesante. Muestras de afecto y amor sagrado. Fotos pegadas, mensajes escritos que crecen como una enredadera en el frente de Coronel Diaz 1905. Alguien corrigió la dirección y puso «1951», en relación a la fecha de nacimiento del ídolo. A propósito de “ídolo”, esa palabra se puede leer en 39 testimonios de la gente. La otra que aparece mucho es “maestro”. La otra, “Dios”.

Quizás estemos hablando de lo que pasa en edificio más popular de la Ciudad. El altar de la Patria donde vive Charly. Ahora mismo estamos sentados exactamente donde sentó Fito Páez. El mismo umbral de mármol, y mirando para el mismo lugar donde miraba Fito cuando hizo la publicación en sus redes sociales.

Pasó por acá en el marco de su exposición infernal por la serie de moda, y lo hizo a pedido de León Gieco, que también se sacó una foto en el homenaje permanente que se formó en la puerta del edificio de Coronel Díaz, esquina Santa Fe.

«Sentado en el altar popular en el edificio de Charly», escribió Fito en su cuenta de Instagram. ¿Habrá subido después? Nos dicen que no perdamos el tiempo porque el portero eléctrico está desconectado pro razones obvias. “Hace como un año que lo desenchufó”, avisa la vecina que ama ser vecina de Charly.

El teclado de la terraza es un regalo que le hicieron cuando cumplió 70 años. Fue por obra y gracia de un fan muralista llamado Tian Firpo. Es un teclado de nueve metros. La idea la tuvo un vecino del edificio, Marcelo Ferrán.

En la terraza hay un piano pintado, obra del muralista Tian Firpo, bajo supervisión del vecino Marcelo Ferrán.

En la terraza hay un piano pintado, obra del muralista Tian Firpo, bajo supervisión del vecino Marcelo Ferrán.

No es fácil ver el piano. Quizás de un edificio cercano o por Google Maps, pero el piano fue declarado Sitio de Interés Cultural de la Ciudad: “Esto se convirtió en un templo lleno de grafitis. Parece la casa del cantante Serge Gainsbourg en Francia”, nos dice Ferrán antes de agregar: “La serie de Fito sirvió para que las paredes siguieran coleccionando firmas y frases sobre Charly”.

-¿Nadie del edificio se queja?

-Nadie se quejo y a mí, particularmente, me parece precioso todo esto. Amo encontrar grafitis y tenerlos en la entrada de casa. Hay mucha paz y armonía en Coronel Díaz.

La cosa es que el afecto manuscrito se fue acumulando en forma de ensayo o fresco vivo. Digno de cualquier Gilda, de cualquier Gauchito Gil.

El primero, dicen -y Ferrán coincide- fue “Paraguay te ama”. Después vino otro, también de corte turístico: “Gracias infinitas”, firmado “desde al Paz, Bolivia”. Las cosas tienen movimiento, es verdad, y lo que arranco como pasea de extranjeros fue creciendo al ritmo de un cariño expresado de manera vertical, con marcadores indelebles o biromes, lápices de colores, fotitos pegadas y cartas que se acumulan en el buzón del edificio.

¿La pintada más agresiva? “Chupala Calamaro”. ¿La más legible?: “Yo sí me vuelvo tan loco”. ¿La más poética? Desde Santiago de Chile: «Gracias por encender la luz de mi alma”. La más simpática: “Charly, cuando quieras te hago un asado”. Nos pusimos a contarlos y se largó a llover cuando íbamos por los 441 grafitis.

El último que comprobamos se escribió hace exactamente tres minutos, un martes a las 13.25: “Crecí con vos”. Justo, justo en el mismo lugar que Fito. Ahí estamos sentados. De haber coincidido, uno hubiera estado a upa del otro. Pensar así de vez en cuando humaniza a los próceres. Los terraplaniza.

A pesar de amasijo de dedicatorias y palabras amorosas, haciendo el aguante en la puerta del edificio, uno siente que la vida continúa sin que Charly sea el centro de la escena. Miles de personas pasan diariamente por acá y son pocas, poquísimas, las que se detienen. 

El primer grafiti fue extranjero: “Paraguay te ama”. Foto de Ariel Grinberg

El primer grafiti fue extranjero: “Paraguay te ama”. Foto de Ariel Grinberg

Aquí nomás está el bar Ristretto, famoso por su proximidad a lo de Charly, y por ser objeto de deliveries loquísimos. Considerado una auténtica “fuente cercana”, allí nos cuentan que el derecho de piso de los mozos nuevos consistía en llevarle el pedido a Charly (“mucho sanguche de milanesa”).

“Ahora hace un montón que no pide, pero era un clásico que Charly te atendiera en pelotas. Podía estar de buen humor, de mal humor, dejarte pasar a su casa, darte propinas generosas o no darte un mango…”, comenta la señora de la caja.

¿A cuánto estamos de que Coronel Díaz se llame avenida Charly García? Juntamos firmas con ese propósito en un cuadernito Gloria.

-Y, sí, me parecería justo y necesario: avenida Charly García, queda lindo… –responden en la panadería que comparte medianera con el edificio/Monumento Histórico Popular.

-Buenas tardes, estamos juntado firmas para que la avenida se llame «Charly García».

-¡Obvio, dale… –mete el gancho alguien que se llama Pablo Prada y creemos que es el Chato Prada del programa de Tinelli. Su DNI empieza con 18 millones.

De los encuestados, uno solo se niega, pero lo convencemos.

-No me gusta Charly –admite un muchacho que dice llamarse Ridwan.

-¿Preferirías que la avenida se llame Duki?

-Jajaja, puede ser… –pero firma.

Además, señores encargados de ponerle nombres a las calles, habría que comprender el contexto: ¡¿Quién fue el Coronel Díaz para merecer semejante tramo donde el metro cuadrado cuesta arriba de los 3 mil dólares?!

Hace algunas semanas, León GIeco pasó por acá y compartió en su cuenta oficial: «Aquí estoy en la casa de nuestro querido Charly García, algo así como nuestro propio #AbbeyRoad». Perfecta la figura. Idéntica la sensación.

«Dejan los grafitis porque saben que allí tienen un Gardel viviendo», dice María Yosa Yorio, ex de Charly y madre de su hijo Migue. Foto Ariel Grinberg

Tocamos el portero eléctrico igual. Nada más lindo que perder el tiempo con impunidad. En una época, cuando Charly se tiró a la pileta desde las alturas de un hotel, tocabas el timbre de su casa y alguien te abría. Más de un anónimo lo sabe y podría recordar que las puertas se abrían de par. Pero tiene razón la vecina: el aparato debe estar desconectado.

¿Será verdad que ya hay gente que quiere casarse delante de esta intervención urbana? ¿Será cierto que alguna vez la administración del edificio quiso pintar el frente y borrar tanto pero tanto cariño?

Justo nos cruzamos a María Rosa Yorio, ex de Charly y mamá de Migue García.

-¡Vaya casualidad! ¿Viste este homenaje genial?

-Sí, claro, y qué interesante que los otros habitantes del edificio no borren nada, ¿no?

-Es verdad.

-Los dejan, ¿sabés por qué no borran nada? Porque saben que allí tienen un Gardel viviendo.

“Hoy fui hasta la casa de Charly García y le dejé 4 turrones en el buzón”, tuiteó una piba. En redes también se lee que alguien trajo sus vinilos originales de Seru Giran para que se los autografiara si, por casualidad, se lo llegaba a cruzar.

Ahora hay una chica que detiene su paso. Enseguida sabremos que se llama Mara. Mara tiene anteojos negros, All Star rojas y unos chupines calce perfecto. Debe andar por los 25 años. “31”, corrige.

Lo concreto es que pasó por la puerta del edificio de la casi ex Coronel Diaz, frenó como si se hubiera olvidado algo, apoyó la mano en el hierro forjado de la puerta. Y se persignó.

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