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martes, 18 junio, 2024

Tiene 80 años, fue maestro de Juliette Binoche y llegó al país para seguir enseñando: «Un artista debe tener pasión y humor»

Mario González es actor, director y pedagogo. Nació en Guatemala y, siendo muy joven, tuvo una prolífica carrera autodidacta en teatro y TV. A los 25 años se trasladó a París, con la excusa de estudiar francés y regresar a su tierra. Pero el ardor de la actuación ya corría por sus venas y durante una década integró el célebre Teatre du Soleil, bajo la dirección de Ariane Mnouchkine.

Al dejar la compañía, ingresó al Conservatorio de París, en el que por más de 30 años se dedicó a la enseñanza. Allí tuvo alumnos como Juliette Binoche, una de las tantas actrices que se destacarían en la profesión.

A los 80 años está de visita en Buenos Aires y sigue con el ímpetu intacto por transmitir sus conocimientos. El mismo frenesí que alguna vez lo llevó a ser docente del recordado grupo El Clú de Claun, formado por Batato Barea, Hernán Gené y Gabriel Chamé Buendía, entre otros integrantes. Este conjunto, a mediados de la década del ochenta, dejó su impronta con destacadas presentaciones en el Centro Cultural Rojas y el célebre Parakultural, semillero de innumerables artistas del under porteño.

Mario González dará un workshop llamado

Mario González dará un workshop llamado «De la máscara neutra al clown», los días 15 y 17 de mayo, y un taller, del 22 al 26.
Esta vez, con auspicio de la Embajada de Francia y la Fundación Argentina de Afasia, dará un workshop llamado De la máscara neutra al clown, los días 15 y 17 de mayo, en la sede de Colombres 229. “Quiero darle algo muy profundo e íntimo a otro ser humano que tiene dificultad para expresarse”, aclara. Además, repetirá la experiencia del 22 al 26 con un taller para actores y profesionales del espectáculo.

Muy bien predispuesto para la entrevista, resulta cálido, conversador y valora la puntualidad del cronista. Se expresa en un castellano que denota, en su acento, los años transcurridos en Europa.

-Lo veo entusiasmado, ¿no le pesa la edad?

-¡De ninguna manera! Cada año es ganado y cada día es el último. ¿Quién me dice si voy a estar vivo mañana? Nadie. Aquí estoy todavía, bien activo. Ahorita que me vaya, me esperan tres obras de teatro como director: Hamlet, de Shakespeare, El proceso, de Kafka, y Antígona, de Sófocles. Tremendas obrotas. Siempre reescribimos los textos, modestia aparte, con humor, en todo lo que hago.

De aquí, el guatemalteco irá a dirigir

De aquí, el guatemalteco irá a dirigir «Hamlet», «El proceso» y «Antígona». «Tremendas obrotas», dice.
-¿Su familia propició que se dedique al teatro?

-¡No! Mi papá era actor, contrabajista, cantante y ventrílocuo. Conocía las dificultades del oficio y quería que yo tuviera una profesión normal porque éramos muy pobres. Yo le decía: Papá, no comemos bien, pero somos felices.

Yo lo adoraba y, por respeto, estudié arquitectura tres años y medio. Pero al mismo tiempo me escapaba a ver ensayos, hasta que me contrató la primera Compañía Nacional de Teatro. Trabajé en todos los teatros de mi país hasta que entré en la televisión, donde hacía un payasito que cantaba sus propias canciones.

-¿Es cierto que usaba un seudónimo?

-Sí, yo era Alberto Vidal, porque no quería que mi papá me viera en alguna foto. Eso hizo que me volviera el especialista del disfraz. Gracias a él pude formarme como actor de máscaras. Me llamaban “El hombre de las mil caras”, porque modificaba mi apariencia en cada obra. Usted ya sabe; en el país de los ciegos, el tuerto es rey (ríe).

De joven se fue a Francia

De joven se fue a Francia «a estudiar el idioma». Y entró al teatro por la puerta grande.
-¿Y se fue a Francia a estudiar el idioma?

-Exacto, yo iba por un tiempo y volvía. Nunca había salido de Guatemala. Me pegaba unas aburridas tremendas en La Sorbone. En ese mismo edificio estaba el Instituto de Estudios Teatrales y caí en la tentación de inscribirme. Poco a poco comencé a integrarme a la actividad en Paris. En una conferencia conocí a dos actores que estrenaban El sueño de una noche de verano. Fui a verlos y quedé deslumbrado por lo que vi. Para que tenga idea, los elfos y las hadas eran bailarines de la compañía de Maurice Bejart. ¡Era pa’morirse!

Con Ariane Mnouchkine

-¿Qué ocurrió en la fiesta posterior al estreno?

-Una señora se sentó a mi lado, me preguntó nombre y edad. Al decirle 25 años, no me creyó y quiso que le mostrara mi pasaporte. Me dijo: “Te he estado viendo y tenés algo diferente. Comienzo a trabajar una obra sobre los payasos. Si querés venir, vení, si no, igual me da”, era Ariane Mnouchkine. Yo, inocente, no entendí el nombre y me lo tuvo que escribir (ríe).

-¿Ella percibió algo?

-¡Todo! Si yo hubiera sabido quien era, no me animaba. Entré sin dar audición. Me dijo algo importante: “Si ves los ejercicios que estamos haciendo y los entendés, hacelos. Si sabés qué decir, hablás, si no, te callás. Te vas cuando quieras o yo te saco cuando quiera”, así empezó todo. Era muy estricta. Con la compañía hicimos Los payasos, La cocina, 1789 y La edad de oro.

-Además de talento y formación, ¿qué debe tener un artista?

-Pasión, perseverancia, tenacidad, humor y, sobre todo, mucha humildad.

POS

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