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martes, 18 junio, 2024

Héctor «Pancho» Caldiero, el relator inolvidable: los gritos de gol rescatados que duermen en un living

Goles de cabeza, de emboquillada, de taco, de empeine, de hombro, de gravedad imposible. Goles que provocaron afonías y amargaron o regocijaron el ánimo de un país.

Aída de Caldiero es la guardiana de todo ese inventario, el ángel custodio de una voz que se apagó hace 12 años, pero quedó grabada en casetes TDK y en CD. 

La esposa de Héctor «Pancho» Caldiero ya era viuda cada domingo en los ’80 y ’90. «Yo iba a la plaza a llevar a los chicos y veía a la mayoría con sus radios escuchando a Caldierito», se emociona. «Pensaba: ‘Si supieran quién es el padre de estos niños‘».

Ahora atesora en un viejo mueble parte de esos gritos del relator que alcanzó su pico de popularidad a puro bramido, «tu Boquita, mi Boquita». Fue registrándolos de forma casera, sin imaginar que en los archivos de las emisoras irían perdiendo su archivo y ella tendría un invaluable museo de goles en su living.

Caldiero contaba que perdía tres kilos en cada transmisión (Caldiero (Archivo Clarín)

Caldiero contaba que perdía tres kilos en cada transmisión (Caldiero (Archivo Clarín)
«Caldierito», como lo llamaba su oyente, murió en 2011, el mismo día que el gran Fioravanti, un 30 de noviembre, pero 22 años después. Dejó más que una huella xeneize, un modo partidario amable que explotó en Radio Mitre entre 1987 y 1992. «Boca ten Monito», lanzaba, por ejemplo, en cada atajada del «Mono» Carlos Fernando Navarro Montoya y el hincha incorporaba la muletilla. 

Hijo de trabajadores rurales, Héctor Francisco -de su segundo nombre el apodo- nació en Guanaco, Pehuajó el 20 de julio de 1953. Creció con la radio impregnándolo todo, incluso las horas de sueño acompañadas por el aparatito bajo la almohada. «Mi verdadera escuela no fueron las transmisiones deportivas: fue el radioteatro», admitía.

Terminado el secundario emigró solo a la Reina del Plata, estudió Periodismo deportivo y estrenó su camino laboral en Cipolletti, Río Negro, por consejo de próceres de la materia que le aconsejaban construir camino en el interior. La siguiente parada fue Mendoza: en LV10 Radio de Cuyo conoció al amor de su vida, Aída, que trabajaba como empleada de una constructora en el mismo edificio.

Juntos marcharon para Santa Fe y ahí surgió «la confusión y la blasfemia». Su trabajo en LT8 de Rosario hizo creer a muchos que «Pancho» era hincha de Central.

Con los colores en el alma, Héctor Caldiero (Archivo Clarín)

Con los colores en el alma, Héctor Caldiero (Archivo Clarín)
En 1986, después del paso fugaz del colombiano Paché Andrade (que reemplazaba a Víctor Hugo Morales emigrado a Radio Argentina) el gerente de noticias de Radio Mitre llamó a Pancho. Estaba intrigado por saber quién era ese barítono del gol que en las mediciones marcaba bien con su transmisión boquense, después de «instituciones» como José María Muñoz y el propio VHM.

En sus comienzos en Mitre relató fútbol en general, con comentarios de Néstor Ibarra, pero el boom llegaría con la decisión de seguir estrictamente la campaña azul y oro. No sería extraño de allí en más topárselo como invitado de honor en fiestas de casamiento como la de Diego Armando Maradona.

En ocasiones Caldiero tenía que salir con personal de seguridad de los estadios. En Brasil, en plena Libertadores 2007, los barrabravas de Gremio casi vuelcan el taxi en el que viajaba rumbo a la cancha. Fue salvado a tiempo y puesto a resguardo en una combi de dirigentes. Aquel día solo tuvo tiempo para llorar, enjuagar la garganta y disponerse a relatar la victoria de Boca por 2 a 0. Sus cuerdas en shock, expertas en alegrar, nunca dieron cuenta del mal trance.

«A pesar de algún hecho violento, de algún escupitajo, siento que era muy respetado por las hinchadas, porque era hincha pero no era belicoso, no rebajaba a ningún club», juzga Aída, pastora cristiana y madre de dos músicos, Romina y Hermes.

Héctor Caldiero y su esposa Aída en épocas en que todo era felicidad.

Héctor Caldiero y su esposa Aída en épocas en que todo era felicidad.
Apasionado de los fierros, el cantor de goles llegó a subirse a los bólidos de la mano de un piloto de un amigo ex futbolista de Boca Juniors, «El Tano» Pernía. También forjó amistad con Gabriel Batistuta, de quien relató los últimos puñales a la red en Argentina antes del vuelo a Fiorentina y a quien bautizó «Batigol». Su reinado pareció tener fin cuando no negoció contrato de renovación y llegó a Mitre el reemplazante, el entonces pelilargo Alejandro Fantino.

-Sus últimos años laborales no fueron de una inmensa popularidad como cuando relataba a Boca en Mitre. ¿Siente que quedó relegado injustamente?

-Él no era de imponerse y no terminó como debería. Le faltó, tal vez, hacer amistad entre los directivos de las radios. Para él era más importante el mérito que las relaciones. Fue maestro de varios. A Sebastián Vignolo, por ejemplo, le enseñó a relatar.

-¿Cómo fue esa historia?

-Vignolo le mandó un casete, él lo llevó a casa, le dio consejos, habló para que le dieran oportunidades en La Red. De hecho fue Héctor quien lo apodó Pollo.

-Su vida se terminó a los 58 años, demasiado temprano. ¿Cree que su infarto estuvo ligado a alguna etapa de depresión y soledad?

-No. Él tenía mucho trabajo entre el relato y la Iglesia, pero no era cuidadoso de su salud, no le gustaba ir al médico , decía «vas por una cosa y te encuentran otra». Tenía un problema cardíaco que no había sido descubierto y cuando ocurrió lo del infarto no hubo tiempo para nada.

Caldiero

Caldiero «versus» Costa Febre en una entrevista de Clarín en 2006. Los relatores eran grandes amigos.
-¿Tenía trucos para cuidar la voz o entrenarla?

-Más allá de cuidarse del frío, recuerdo que se ponía un corcho en la boca y decía «la le li lo lu» para vocalizar.

-¿Usted pensó en hacer algo con esos goles?

-Muchos me fueron pidiendo el material para digitalizarlo y nunca me lo devolvieron. Lo que queda son unos 30 casetes aproximadamente, lo que yo pude ir grabando con un viejo grabador en su momento, porque a él le encantaba escucharse, era muy crítico de su trabajo y un gran estudioso. Le gustaba saber cómo se llamaba hasta la mujer del jugador, los hijos, para después mencionar esa parte humana en el relato. Lo suyo era muy arriesgado.

-¿Por qué?

-Porque en aquel momento ponerse la camiseta de un club era condenarse para toda la vida. No es lo mismo ir a una cancha siendo confeso hincha de Boca que sin club. Pagó un alto costo en algunos estadios, pero igualmente creo que fue mucho más el beneficio. Fue feliz.

Aída, la que custodia los goles del inolvidable relator.

Aída, la que custodia los goles del inolvidable relator.

​Un encuentro con Dios

«Mi productor de radio es Dios, antes yo era una persona descarriada», decía orgulloso el que bajaba tres kilos tras cada transmisión y abusaba de diminutivos (Walter Pico era «Piquito»). Tuvo un encuentro espiritual que lo llevó a convertirse en pastor.

Su último partido relatado, tres días antes de morir, fue una derrota de Boca en Mendoza, 2 a 1 ante Godoy Cruz. En esa provincia dio su última prédica cristiana con la intensidad de un Superclásico: «Abrazar es restaurar», gritó ante un auditorio de fieles que se secaba las lágrimas.

«Fumaba mucho y tuvo un serio problema de salud. Un día vio por televisión a un predicador que parecía hablarle a él», cuenta Aída, con suspensos místicos y perfecta cadencia: ‘Si sentís que hay algo imposible para tus fuerzas, ponelo en manos de Dios que él sí va a poder’, escuchó. Así llego él hasta Dios y desde ese día, nunca más agarró un cigarrillo. Descubrió que Dios es real y le quiso contar al mundo cómo había obrado en él».

Héctor Caldiero (Archivo Clarín)

Héctor Caldiero (Archivo Clarín)
«Él sacaba el relato del fondo de las entrañas, del alma. Y sí, era caro, no renunciaba a su valor», evoca emocionado quien fue su locutor comercial en El Mundo, Miguel Ángel Verdún. «Si vos le ponés un precio a tu calidad marcás una vara y beneficiás también a los otros trabajadores. Más que un relator partidario, que abundan, porque relatar a Boca conviene, era un verdadero relator hincha, y era masivo más allá de Boca. Relatar relata cualquiera: no cualquiera deja huella, y él la dejó, sin repeticiones, abundando en sinónimos y en corazón».

En épocas en que los relatores proliferan en el streaming en transmisiones caseras capaces de reunir a multitudes, el espíritu Caldiero flota en la cabina 11 de la Bombonera, donde lo recuerda una placa con su nombre. «Me gustaría que las generaciones más jóvenes supieran quién fue mi marido, que dejó una marca en la historia del relato en Boca como lo fue alguna vez Bernardino Veiga», sueña Aída.

No encuentra la palabra para nombrar lo que siente, porque la palabra para aludir a la ausencia de una voz que se extraña, no existe. «Pancho tenía un caudal tan grande que cuando se fue mi casa quedó en un silencio terrible».

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